NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES – SEGUNDA PARTE

NUEVAS COSECHAS DE ANTIGUAS VERDADES

SEGUNDA PARTE

RICARDO HUSSEY

INTRODUCCIÓN

Después de visualizar las cumbres de revelación que nos prodiga Pablo en Efesios 1, mayormente derivadas de esa actividad divina en el pluscuamperfecto previo a Génesis 1: 1, pasamos ahora a una proyección o nivel distinto.

Creemos que no está fuera de lugar que lo hagamos, alternando lo nuevo del libro eterno de Dios con lo viejo del mismo,  aunque siempre teniendo bien presente la superioridad del nuevo, hacia lo cual lo viejo del mismo a menudo apunta con sombras y figuras, como así también a veces con predicciones vívidas y certeras.

  Esta obra, al igual que la anterior en su tiempo, quedará inconclusa, dado que el autor irá agregando capítulos paulatinamente. De manera que lo informamos al lector que pudiera estar interesado, para que periódicamente visite esta 2a. parte en que encontrará nuevos capítulos que se irán añadiendo.

 

Í N D I C E

Capítulo 1 – La profecia de Joel.

Capítulo 2 – El libro de Eclesiastés (a)

Capítulo 3 – El libro de Eclesiastés (b)

Capítulo 4 – El libro de Eclesiastés (c)

Capítulo 5 . El libro de Eclesiastés (d)

 

CAPÍTULO 1 – LA PROFECÍA DE JOEL

El nombre Joel significa Jehová es Dios, y el de su padre Petuel, ensanchamiento de Dios. No se agrega nada en el texto que nos oriente en cuanto al lugar de su residencia, ni se dice que haya profetizado en el reinado de ningún rey de Israel o de Judá.  Seguramente que un erudito en la historia del pueblo de Israel podrá ubicar el tiempo de su  profecía con precisión. Por nuestra parte nos ceñimos al versículo 6 del capítulo 3, en que se menciona a “los hijos de los griegos” lo cual colocaría al libro y su autor en una época posterior al cautiverio.

Como en todos los auténticos profetas, en Joel encontramos algo característico y que ya hemos señalado, y que los diferencia fundamentalmente de los falsos. Mientras estos vaticinan paz y seguridad en tiempos de rebeldía, infidelidad e idolatría, aquéllos acertadamente profetizan lo contrario, es decir juicios muy severos, para sólo pasar a promesas de restauración, paz y prosperidad una vez que los juicios hayan llevado a un arrepentimiento sincero y profundo.

Consecuentemente con este principio, Joel comienza por preanunciar una devastación desoladora en el camp,o que sería tan absoluta que sus efectos los sentirían todos sin excepción, tanto en el campo los labradores y las bestias del campo, como en la ciudad hombres y mujeres, jóvenes y niños, sacerdotes y ministros del altar.

Para colmo de males, la predicción se extiende a la venida de un fuerte ejército invasor del Norte, que sería irresistible y entraría en la ciudad, subiría por las casas, entrando por las ventanas a manera de ladrones, llenando a todos de pánico y pavor.

La descripción de todo este panorama tan sombrío y horroroso se extiende a lo largo del primer capítulo y hasta el versículo 11 del segundo. Pero a continuación nos encontramos con un fuerte llamado al arrepentimiento que viene de parte de Jehová por medio de Su siervo Joel. El mismo tenía que ser absolutamente genuino. Veamos los ingredientes que debía contener, y que de hecho son típicos de todo auténtico arrepentimiento.

“Convertíos a mí de todo vuestro corazón, con ayuno, y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestro vestido, y convertíos a Jehová vuestro Dios.” (2:12-13a)

El hecho de que se diga primera convertíos a mí y luego se reitere diciendo “convertíos a Jehová vuestro Dios” nos señala un punto muy importante. Ese arrepentimiento debía ser para con el Señor por encima de todo lo demás.  Aun cuando pueda y deba abarcar mucho más, el arrepentimiento verdadero y real siempre está enfocado prioritariamente al Dios Santo, al cual se le debe todo, y al cual se ha ofendido reiteradamente y con contumacia.

Esta exhortación al arrepentimiento y de convertirse de forma real al Señor, se apoya en la gran misericordia del Señor: “…porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia y que se duele del castigo.” (2:13b) Como tantas veces se ha dicho, siempre emplea primero la exhortación y la advertencia, pero si no surten efecto, muy a su pesar, recurre al castigo. El fin del mismo no es solamente punitivo, sino también como el medio de llegar por la vía del dolor y el escarmiento, a una restauración real e integral.

En los versículos 15 al 17 del capítulo 2 continúa la exhortación a ese arrepentimiento tan necesario, expresada en términos muy tiernos y emotivos.

“Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová y digan: Perdona, oh Jehová a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?

La respuesta del Dios tan misericordioso no se hace esperar: “Y Jehová, solícito por su tierra perdonará a su pueblo.”  Contiene en seguida la promesa de enviar pan, mosto y aceite a ese pueblo tan hambriento por la devastación previa, y hacerlo con tal abundancia que quedarían plenamente saciados.

De esa manera quitaría el oprobio que había representado, por ser el pueblo escogido del Señor, de haber pasado hambre y desolación tanto en el campo como en la ciudad. Además, estaba la gran promesa de alejar a ese ejército del norte tan formidable, y llevarlo a tierra seca y desértica y desintegrarlo hasta el grado de pudrición, y esto por haberse envanecido y haber querido desolar y destruir al pueblo de Dios.

Todavía encontramos más promesas. Debían alegrarse y gozarse porque el Señor Jehová iba a ser grandes cosas. Aun  a los animales del campo se les insta a que no teman porque los pastos del desierto iban a reverdecer y la higuera iba a dar su fruto, y como si no bastase, la  maravillosa promesa que desde los cielos Él haría descender sobre ellos la lluvia temprana y la tardía, como al principio.

Las eras además se iban a llenar de trigo, y los lagares rebosarían de vino y aceite, y luego sigue la preciosísima promesa del versículo 25: “Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros.”

¡Cuánta verdad hay en esto, aplicable en el reino espiritual a nosotros, que en esta dispensación somos el Israel de .Dios! (Ver Gálatas 5:15-16.)

La oruga, el saltón, el revoltón y la langosta no era ni más ni menos que un gran ejército que el Señor deliberadamente había enviado contra ellos. Todo intento de labrar la tierra provechosa y fructíferamente quedaba totalmente frustrado y desbaratado. Pero eso tenía un fin muy bendito y era el de llevarlos a ese arrepentimiento y a esa conversión al Señor tan necesaria y a la vez tan saludable. Una vez logrado eso, que era totalmente imprescindible, en Su gran misericordia el Señor se compromete  a restituirles todo eso que habían perdido, resarciéndolos total y cabalmente.

Quien esto escribe se identifica plenamente con el contenido de este versículo. Según lo consigna en su autobiografía, pasó una época muy oscura que duró en total nueve años. Antes había servido al Señor con esfuerzo y cariño, pero de la manera explicada en la autobiografía, pasó a atravesar esa etapa tan sombría. Al cabo de la misma todavía necesitó un largo período de terapia divina por el enorme daño que le había causado el enemigo durante esos largos nueve años. Pero a la postre comenzó a venir una cosecha en la cual no sólo le fue resarcido todo lo que había perdido, sino que pasó a recibir mucho, muchísimo más.

Por todo esto, bien se puede hacer eco de las palabras de Romanos 12: 33-36. “!Oh profundidad de las riquezas de las sabiduría y la ciencia de Dios!!Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”

Pero no cabe duda alguna de que el punto álgido del libro de Joel es la predicción del derramamiento del Espíritu, contenida en el capítulo 2, versículos 28-32. El día de Pentecostés, Pedro inmediatamente reconoció que lo que estaba aconteciendo era el cumplimiento preciso de tan importante profecía y la citó en la primera parte de su discurso.

Los puntos principales fueron los siguientes: –

1)        En los postreros tiempos el Señor derramaría de su Espíritu. El hecho de que esto fuese seguido por las palabras “sobre toda carne” no debe tomarse al pie de la letra, como si sería sobre todo ser humano del planeta tierra. En cambio, ha de interpretarse que sería de toda clase de personas: hijos, hijas, jóvenes, ancianos, siervos y siervas, y habría profecías, sueños y visiones. Por el versículo 11 de Los Hechos 2 vemos que al hablar en lenguas proclamaban las maravillas de Dios de manera claramente comprensible para cada uno de los que les oían en sus diversas lenguas propias – partos, medos, elamitas, etc. Si bien en el relato no se consigna ningún sueño ni visión, eso no quiere decir que no hayan acontecido, y de hecho, vemos que en Los Hechos 9: 10 Ananías tuvo una visión muy concreta, al igual que Pablo más tarde, según se nos narra en Los Hechos 16: 9. También debemos visualizar que esa proclamación de las maravillas de Dios en tantas lenguas distintas, era como un anticipo de que eso iba a acontecer en todo el orbe con la proclamación de la más grande maravilla de Dios – el evangelio de la gracia suprema y sublime que hoy día se está cumpliendo y va de camino a un cumplimiento completo.

2)        Profetizarían hijos e hijas, denotando que sería para ambos sexos.

3)        La hermosa promesa de que todo el que invocare el nombre del Señor sería salvo, algo futuro en el libro de Joel, pero feliz y gloriosamente presente para los que estamos en la dispensación de Pentecostés. La misma nos brinda además un fuerte punto de apoyo para la palanca de nuestra fe, valga la expresión, al orar por familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que aún no se han convertido.

Pedro no citó la parte final de la predicción de Joel – “porque en el monte de Sión, y en Jerusalén habrá salvación como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado.”

Con todo, eso también estaba sucediendo y cumpliéndose cabalmente. De paso añadimos que las palabras “…entre el remanente al cual él habrá llamado” confirman lo dicho anteriormente de que las palabras “sobre toda carne” no significan al pie de la letra la totalidad de la población del mundo en que vivimos.

El libro de Joel termina en el capítulo 3 prediciendo el juicio a las naciones antagónicas u opuestas a Israel, acerca de lo cual nos abstenemos de comentar. En cambio, reiteramos que ese bendito principio en Jerusalén el día de Pentecostés apuntaba a algo que iba a crecer y propagarse por el mundo entero, alcanzando a multitudes de toda raza, lengua y nación, según Apocalipsis 7: 9-17, donde tenemos la gloriosa visión panorámica.

Por cierto que en esto tenemos una culminación imponente y maravillosa de la gran profecía del libro, la cual resalta como una gran perla de colores y matices multinacionales, brotada del Señor a través del que sólo sabemos que se llamaba Joel, hijo de Petuel

como una muestra deleitosa de humildad y pequeñez,

pero de grandeza a la vez.

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CAPÍTULO 2.- EL LIBRO DE ECLESIASTÉS (a)

 

El autor es el rey Salomón, y es un libro que a primera vista nos presenta, sobre todo para quienes disfrutamos de la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, lo que bien podemos calificar de una abierta contradicción.

 Las palabras vanidad de vanidades, todo es vanidad, o bien esto también es vanidad, que aparecen reiteradamente en el texto, por cierto que no concuerdan con nuestra experiencia como hijos de Dios.

Verdad que a veces se pasa por tiempos difíciles, de pruebas y dificultades, pero eso no es la norma, y la bendición de ser verdaderos hijos de Dios con todo el inmenso bien que ello conlleva, hace que no podamos asentir o corroborar ni mucho menos que todo es vanidad.

Muy por el contrario, la nueva vida en Cristo es una de ricas y profundas satisfacciones, siempre y cuando, desde luego, andemos en obediencia cumplida y en el marco de la voluntad divina cada día.

Pero hay una clave que nos ayudará a comprender este libro, que de otra forma nos quedaría como un gran enigma. La misma se encuentra en tres palabras que también aparecen reiteradamente en el texto, a saber debajo del sol.

Sabemos que no somos de este mundo, y que nuestra ciudadanía está en los cielos. (Filipenses 3: 20) Estamos de paso, como peregrinos y nuestra vida y comunión con el Señor y nuestros hermanos en la fe se desenvuelven en la esfera de lugares celestiales en Cristo Jesús, según se nos dice en Efesios 2: 6, y no debajo del sol, espiritualmente hablando.

Con todo, se nos dice en 2ª. Timoteo 3: 16 que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.”

Dios sabe por qué ha querido que se incluya este libro en la Biblia, y a pesar de la abierta contradicción de que hablamos, mirando atentamente podemos entresacar cosas provechosas y edificantes.

Pasamos, pues, a señalar y comentar algunas de ellas.

“Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas.” (2:13)

Sencillamente, podemos visualizar a dos individuos a manera de contraste. Uno es prudente en su conducta, cumplidor y respetuoso, y que sabe cuándo hablar y cuándo callar.  El otro, por su parte, habla más de lo necesario, a menudo diciendo cosas que mejor sería omitir, y entre otros desaciertos, malgasta el tiempo que muy bien podría invertir en cosas provechosas.

El primero transita por un camino de luz que le resulta muy favorable, mientras que el segundo, en realidad anda en una oscuridad que, a menos que se enmiende sustancialmente en su proceder, terminará en un muy mal fin.

“Al hombre que le agrada Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar para darlo al que agrada a Dios. (2: 26)

Narramos un caso que conceptuamos inaudito, pero que nos consta que fue absolutamente verídico. Un hermano que se encontraba en estrechez económica, repentinamente se sintió impulsado a ubicarse en un lugar determinado en la carretera –probablemente en las inmediaciones de un cruce.

Al poco pasó un vehículo a cierta velocidad, y, casi increíblemente, por una de las ventanillas salió, impulsado por el viento, un buen número de billetes que representaban una importante suma de dinero.

Curiosamente, el vehículo siguió su marcha y pronto desapareció, de manera que el hermano ubicado en las inmediaciones, lo recogió como algo “llovido del cielo” para él.

No sabemos si el conductor, o bien algún acompañante que pudiera haber tenido, era pecador o no, pero lo cierto es que, bien el uno o el otro, sirvió para suplir la necesidad del hermano en cuestión.       

Por lo cual, por cierto que en este caso no concordamos con las palabras “también esto es vanidad y aflicción de espíritu” con que finaliza el versículo citado. Lejos de ello, fue una provisión divina para un hombre necesitado, y que, evidentemente era del agrado de Dios.

En el capítulo 3 se nos puntualiza con mucho acierto que “todo tiene su tiempo, y que todo lo que se quiere debajo del sol tiene su hora.”

Sigue luego en el texto una serie de cosas, todas en pares de contraste, y de la cuales comentamos algunas. La primera “tiempo de nacer y tiempo de morir” (3:2) no necesita explicación ni comentario.

No obstante, aplicamos aquí el concepto espiritual de renacer, citando en relación al mismo Oseas 13: 13b:- “…es un hijo no sabio, porque ya hace tiempo que no debiera detenerse al punto mismo de nacer.”

¡Qué bien describen estas palabras a uno que ha oído el evangelio muchas veces y lo ha entendido, pero vacila una y otra vez antes de dar el paso decisivo de entregar su vida a Cristo!

Redargüido y convencido, antes de ir adelante y hacerlo, piensa en las implicaciones de ese paso –  la burla de algunos amigos, la oposición de alguien cercano,  la suegra por ejemplo,  o tener que asistir asiduamente a las reuniones en lugar de otras cosas que le resultan muy atractivas, y en fin, un sinnúmero de obstáculos, y en vez de ser sabio y valiente, a último momento se echa atrás.

Que no haya ningún lector que se encuentre en esa situación tan desacertada y peligrosa.

“Tiempo de llorar y tiempo de reír…” (3:4) Ése es el orden correcto, y quienes en su trayectoria lo hacen a la inversa, es decir, empiezan por reírse, y más de la cuenta, a menudo terminan tristes y amargados.

Tenemos presente el caso de un joven de unos veinte abriles, a quien conocimos cuando todavía residíamos en la Argentina.  Continuamente buscaba formas de bromear y hacer chistes, al punto que se le decía, con cierta ironía, Miguel – que así se llamaba –¿qué vas a hacer cuando seas grande?

Tristemente oímos que en su etapa final terminó muy amargado.

Nos parece oportuno recalcar aquí que hay tres formas de llorar y tres de reír. Tanto la una como la otra puede ser la de los demonios, que a veces hacen lo uno y a veces lo otro, con un llorar o reír falso y engañoso. También hay una segunda forma natural de llorar, como válvula de escape de una congoja interior, o de reír por algo realmente cómico. Finalmente, una tercera forma de llorar por estar quebrantado por el Espíritu, o bien reír de un gozo, también del Espíritu, brotados ambos de lo más profundo del ser.

Dos contrastes más que no hace falta explicar, pero que son muy aplicables cuando la ocasión sucede. “…tiempo de callar y tiempo de hablar…”  (3:7) otra vez en el orden correcto, “…y tiempo de guerra y tiempo de paz…” (3:8)  pensando en cuanto a esto último en el nivel o terreno espiritual.

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.” (3: 11)

Un versículo riquísimo que seguramente en más de una ocasión se ha prestado para una predicación saturada de muchas importantes y preciosas verdades.

No nos dejamos tentar a extendernos, dándole el amplio comentario que se merece, sino que nos conformaremos con sintetizarlo en unos pocos párrafos.

Desde el encanto de la criaturita recién nacida, que a poco empieza a mirar alrededor, acostada en la cuna, viendo cosas que la rodean que nunca ha visto antes, en un mundo nuevo para él al cual acaba de llegar; siguiendo por la infancia, la niñez, la adolescencia, la juventud, el noviazgo con miras al matrimonio, la mediana edad y las canas honradas de una madurez y ancianidad en que se han aprendido tanto de los más variados matices – todo lo ha hecho hermoso nuestro maravilloso Dios

Pero debemos recalcar la importancia de que todo tiene su hermosura, pero en su tiempo. Si por ejemplo la alegría de oír a la criaturita balbucear un papá o mamá se posterga más de lo normal, o bien continúa un buen tiempo sin más progreso en el hablar, eso ya no es hermoso, sino una señal de dolor para los padres, que ven en ello un triste retraso.

Igualmente, si el noviazgo comienza demasiado pronto, muy bien puede acarrear consecuencias lamentables.

Por algo Dios en la creación ha dispuesto la maduración de las cosas. Nos explicamos: si vamos a un ciruelo y recogemos de su fruto antes de tiempo, habrá que tironear para desgajarlo, y al llevarlo a la boca nos encontraremos con un gusto muy agrio. Por el contrario, si esperamos que el sol, el viento y el tiempo hagan su parte, al recogerlo casi se nos caerá en la mano sin ninguna necesidad de tirar para arrancarlo, y disfrutaremos de un sabor dulce y jugoso.

Pero a todo esto hay que añadir las palabras claves del versículo –“…ha puesto eternidad en el corazón de ellos…” es decir, del ser humano. ¡Qué verdad que la mayoría de las personas, antes de que les amanezca esto que es tan importante, viven como si los años de vida aquí en la tierra fueran lo único, sin un más allá!

 E incluso no deja de ser cierto que aun creyentes convertidos a la fe del evangelio, no pocas veces viven para el presente terrenal, casi sin poner para nada la mira en el siglo venidero.

La parte final del versículo – “…sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”– hace que nos tengamos que extender más de lo que esperábamos.

Sobre todo para los que tenemos la dicha de ser hijos de Dios por renacimiento, al crecer y desarrollarnos en la fe empezamos a entender que el Soberano Creador y Dios Supremo nos conocía muy bien, aun antes de ser un pequeño embrión en la matriz de nuestra madre – que tenía un planificación individual y personal para cada una de nuestras vidas, y algunas o muchas más cosas.

Con todo, nos damos cuenta, por la maduración y las verdades de las Sagradas Escrituras, de que ha habido un sin fin de actividad divina a nuestro favor, tan vasta que está fuera de nuestro alcance entenderla toda en su inmensa magnitud. Tenemos que concluir que eso sólo será posible en la vida venidera, cuando conoceremos como somos conocidos. (1ª. Corintios 13: 12)

Debo acotar que todo esto que vengo escribiendo, me ha motivado a volcarlo en la prédica oral, junto con muchas otras cosas que, por razones de espacio, no van consignadas aquí.

Como el capítulo se ha extendido más de lo esperado, suspendemos aquí para continuar en el siguiente.

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ESTO ES PORQUE, SI BIEN EL HILO CONDUCTOR ES EL MISMO, EN EL NUEVO HAY IMPORTANTES PUNTOS ADICIONALES QUE CONCEPTUAMOS PUEDEN SER DE UTILIDAD Y EDFIFICACIÓN.